
Zohreh Shahriari era maestra de segundo grado. Zohreh era una esposa paciente y fiel. Su esposo cuenta: “Nuestra vida juntos comenzó desde los primeros días con su carácter sencillo. No tenía ningún deseo que yo no pudiera cumplir. Tenía creencias religiosas profundas. Recuerdo que, cuando le propuse matrimonio, le pidió a Fátima Zahra que mirara con atención especial nuestra vida. A pesar de todas estas responsabilidades laborales, no hubo alteración en el equilibrio de nuestra vida familiar. Era muy amable y siempre sonreía. Muchos de los obstáculos de la vida se resolvían con la paciencia y la bondad de Zohreh, y nunca tuve ningún problema en nuestra vida juntos”.
A veces, de noche, la llamaban o le escribían estudiantes o sus padres. Aunque Zohreh estaba cansada, explicaba con paciencia y entusiasmo el tema a cada estudiante que lo necesitaba, y nunca dejó una llamada sin responder.
Estaba embarazada de seis meses. Según su esposo, en los días previos a su martirio, ella estaba cada día más feliz que el anterior. Esperábamos a nuestro hijo, y ella quería llamarlo Mohammad. Teníamos miles de sueños para el futuro de nuestra vida.
Aunque estaba embarazada de seis meses, el día del bombardeo no dejó solos a sus estudiantes. Hasta el último momento se quedó en la escuela para entregar a los niños a sus padres.
Uno de los padres de una estudiante mártir recuerda su última llamada. La señora Shahriari llamó, con la voz temblorosa pero firme. Se presentó, explicó la situación en la escuela, y les dijo a los padres que fueran rápido a buscar a su hija.
Todavía estaba hablando cuando un sonido terrible se escuchó a través del teléfono. Le siguió un grito breve.
Después, silencio.
Ese silencio ha permanecido en el oído del padre que lo escuchó. Fue el silencio de una llamada cortada por la guerra, el silencio de una maestra que se quedó con sus estudiantes hasta el último aliento.
El esposo de Zohreh cuenta: “Habían pasado dos días desde el crimen, y como no podíamos encontrar el cuerpo de Zohreh, me llevaron a la morgue para la identificación. No lo van a creer: muchos pedazos de cuerpos habían sido colocados juntos en un mismo lugar. Entre los restos, mis ojos se posaron en nuestro anillo de bodas, en una mano cercenada. Por ese anillo entendí que esa mano pertenecía a mi esposa. De todo el cuerpo de mi esposa, y de su hijo aún no nacido de seis meses, solo quedó una mano”.