
Hossein Rahsepar cursaba cuarto grado.
Él y su hermana estudiaban en la misma escuela. Su hermana dice que el día del crimen, cuando se dieron cuenta en la escuela de que había comenzado la guerra, ella fue hacia la sección de los varones a buscar a su hermano. Pero la puerta estaba cerrada con llave.
Entonces el misil cayó, y su hermano murió como mártir.
Dirigiéndose a los estadounidenses, ella dice: «Que Dios nunca los perdone.»
Videos del entrenamiento de artes marciales de Hossein permanecen en las redes sociales como recuerdo de él.
Su madre dice:
«Todos los años solíamos ir juntos a visitar el santuario del Imam Reza. El año pasado, cuando fuimos, vi que había atrapado a una de las palomas del santuario. Le dije: ‘Hossein, suéltala.’ Dijo: ‘Está bien.’ Luego dijo: ‘Pero ojalá yo también fuera una paloma del santuario.’»
La historia de Hossein permanece con ese deseo: un niño que entrenaba, jugaba, estudiaba y soñaba en el lenguaje de la inocencia. Una vez deseó ser como una paloma en el santuario del Imam Reza. Ahora, desde las ruinas de una escuela, su nombre ha volado hacia el recuerdo.